Hace un tiempo,
Carlos, un amigo al que no veía en buen tiempo, me llamó al cel. Eran casi las tres de la mañana. “Cocaine” de Eric Clapton
me toma por sorpresa, sacándome por completo de la serie que estaba viendo (Escobar,
el patrón del mal).
“Estoy en tu puerta, sé que estás ahí, ábreme, es urgente”.
Le pregunto qué le pasa. Me dice “ahora te cuento”. Lo noto tan ansioso y preocupado que le pido que me dé unos minutos para buscar mis cigarros y encendedor.
Salgo del
cuarto sin hacer ruido, sin encender las luces, para no despertar a mi hermano,
que llegó borracho. Mientras avanzo me pregunto: qué habrá pasado con Carlos. Antes
de llegar a mi puerta, enumero algunas posibilidades.
1) ¿Lo habrán botado de la universidad por triquear lógica? (cosa posible, considerando que últimamente ha flojeado como un perro).
2) ¿Necesitará que le preste plata de nuevo? (cosa probable, si tomamos en cuenta que desde que está con Fabiola y tira como loco, por lo que un embarazo no deseado puede haber llegado y necesita dinero para “arreglo de atraso”).
3) ¿Querrá que le preste por mi colección de Abella Anderson vs Rebecca Linares? (cosa estimable, atendiendo al hecho de que Carlos ha adquirido la reciente costumbre de visitar diversas páginas triple X en Internet, solitaria actividad en la que su novia lo ha ampayado más de una vez).
Abro la puerta y ahí está Carlos, metido en su carro, que le queda chico. Movilizando con esfuerzo su cuerpo con sobrepeso, se baja, me mira con ojos temblorosos, y me abraza como si fuera una almohada, un teddy bear.
Es ahí entonces que comprendo que lo que aqueja a mi amigo no es ni la universidad, ni la tensión del atraso, ni la angustia del vicio. Indefectiblemente, Carlos tiene el corazón roto y lo ha traído hasta aquí, en la esperanza de que yo le ayude a zurcirlo, (lo cual pareciera ser una buena idea)
“Tú que sabes de estas huevadas, qué hago, compadre”, me consulta Carlos, más incauto que nunca, desconociendo que mi historial sentimental está lleno de tantos fracasos y miedos como los que él ahora baraja. “Presiento que Fabi me está sacando la vuelta”, me dice, con una mezcla de pánico y rabia, evitando llorar momentáneamente pero más tarde no podría.
Entonces lo
hago pasar, saco unas cervezas de la nevera y nos sentamos en los sillones del
jardín.
Sin darse cuenta, Carlos empieza a enumerar algunos extraños últimos comportamientos de su novia: actitudes, gestos, silencios que lo han llevado a pensar que, después de 4 años juntos, hay una tercera (o cuarta) persona infiltrada en su relación. Mientras él narra su historia, yo trato de recordar las veces en que he sentido lo mismo y, sin que sospeche, decido que tengo que escribir sobre eso. De hecho, lo que van a leer trata sobre eso: sobre cuándo y cómo darse cuenta que tu flaca te está poniendo los cachos.
(…)
(1) Asumes que
tu flaca te pone los cuernos cuando la comunicación empieza a fallar. Y no me
refiero a que hablen menos o casi ni hablen. No. Me refiero a cuando las conversaciones
(por chat, fono o señales de humo), tan importantes y casi obligatorias cuando
la relación empieza a tomar vuelo, de repente presentan fallas, que antes no se
daban.
Pensemos, por
ejemplo, en el celular de tu flaca. Nunca antes se había descargado, el saldo
siempre fue ilimitado, el chip nunca se oxidó. Ahora –oh, sorpresa– resulta que
se estropea a cada rato; que la empresa le cancela el servicio sin aviso; que
el sistema se cambió a pre pago automáticamente.
“Gorda, te
estuve llamando en todo el día, nunca me contestaste, qué fue”, le preguntas con
suavidad. “Pucha no sé, es este teléfono de porquería, no sé qué le pasa. Se
prende y se apaga, creo que está malogrado. De repente se queda muerto”,
explica ella, astutamente. Lo que no te dice, claro, es que lo apagó o –más considerada
lo puso en silencio (y vibrador) para que no interrumpas mientras ella
conversaba y probablemente intercambiaba lengüetazos con el tarado con el que
te viene adornando desde hace semanas.
(2) Intuyes que tu flaca te engaña cuando ya no le importa casi nada salgas a almorzar con tus amigas de la oficina. Antes, caracho, se incendiaba de celos, cuando le avisabas que tenías un impostergable e inocente almuerzo de camaradería con las chicas del trabajo. Ahora, por increíble que parezca, se muestra tolerante y permisiva. “Anda, es normal, trabajan juntos”, te alienta de forma descarada.
(2) Intuyes que tu flaca te engaña cuando ya no le importa casi nada salgas a almorzar con tus amigas de la oficina. Antes, caracho, se incendiaba de celos, cuando le avisabas que tenías un impostergable e inocente almuerzo de camaradería con las chicas del trabajo. Ahora, por increíble que parezca, se muestra tolerante y permisiva. “Anda, es normal, trabajan juntos”, te alienta de forma descarada.
(3) También intuyes que te miente cuando le dices que una noche de viernes saldrás con tus amigos más borrachos y promiscuos. Antes, ella se cortaba las venas apenas le decías que querías salir a dar una vuelta –hasta temprano nomás– con Bruno, Shueko y el bruto. “Esos vagos sólo piensan en trago y en putas”, te decía ella, a punta de reproches. Ahora, maldita sea, no solo te permite que salgas, sino que te aconseja. “Tienes que tener tu espacio. Además, esos chicos son amigos de toda la vida, no puedes descuidarlos”. Tú la escuchas todo idiota, olfateando que hay algo demasiado raro en el ambiente.
(4) Intuyes que tu enamorada te hace cachudo cuando, de la nada, empieza a hablar de un tema que nunca antes le importó, poniendo en evidencia que sus intereses han sufrido variantes.
Están viendo tv
juntos una noche (digamos una película de terror), y en el momento de mayor
miedo, justo cuando le sale una mano de la garganta de la chica poseida, tu flaca
te saca de cuadro con una pregunta del tipo: “¿gordo, a ti no te gusta la Regata
no?”. Juat!!! –te indignas, en
qué momento le comenzó a interesar ese deporte de maricas. Lo que ella no te
dice es que le comenzó a interesar desde el preciso instante en que conoció al
campeón juvenil de la disciplina, con quien ya se ha acostado un par de veces
en la última semana.
(5) Sospechas que tu chica te está convirtiendo en Venado cuando un día entras a su página de Facebook y ves que ha cambiado la foto de perfil. Antes salían los dos, dándose un beso con la luna de fondo. Ahora solamente sale ella, posando estratégicamente de perfil, extraviando la mirada en un cerro. “Sale como pensativa”, piensas tú, mongazo. Y desde luego que está pensativa, porque está pensando en el chico de pelo rubio y trabajado abdomen que todas las noches la llama cuando tú te vas de su casa.
(6) Temes que tu novia te esté sacando la vuelta cuando pierde una serie de detalles que antes eran típicos y fundamentales: ya no te levanta más el pestillo de la puerta al momento de subir al carro; ya no te pide que la llames apenas llegues a tu casa; ya no figura ‘on line’ en el BBchat, ahora –qué extraño– figura todo el tiempo en la improbable categoría de “no disponible”. Sean las 6 de la mañana, las 5 de la tarde o las 11 de la noche, ella siempre está en “no disponible”. Tú constatas ese patrón y te deprimes, pero prefieres no abandonarte al masoquista ejercicio de pensar por qué está “no disponible” o para quién?.
(7) Presientes que te están colocando los cuernos cuando una tarde en que tu flaca està contigo y va al baño dejando su cel al descubierto, sientes la poca ética curiosidad de entrar a ver sus cosas. Nunca lo habías hecho, a pesar de que ella te había confiado la clave hace tiempo, pero ahora estás tan dubitativo, tan inseguro respecto de lo que pasa por su cabeza, que decides echarle un veloz ojo a sus aplicaciones, sólo para confirmar “que todo sigue estando en orden”.
Entonces presionas
desbloquear y en el espacio del password colocas esa clave que no has olvidado
desde el día en que te la dio: “teamogordo”. Aprietas la tecla ‘Enter’ con
decisión, esperas breves segundo y entonces –maldición– resulta que no puedes
acceder.
Vuelves a
escribir la ridícula contraseña unas doscientas veces, en mayúsculas, en
minúsculas, pulsando las teclas una por una para no equivocarte, y recién una
hora después renuncias, decepcionado.
(8) Dudas de la fidelidad de tu enamorada cada vez que se para de la mesa, en pleno almuerzo, al oír el timbre de su cel. Suena el aparato (para colmo, con el ringtone de la canción “Tu amor me hace bien”, de Marc Anthony) y ella inmediatamente se levanta, le baja el volumen al celular y se retira a la cocina, mientras tú te quedas con sus viejos y hermano menor.
No abres la
boca, pones toda tu concentración en oír la conversación telefónica, pero no
puedes, porque de pronto el papá te pregunta “¿Y cómo van las cosas en el
trabajo, hijo”?
Obvio que a ti te provoca responderle “qué mierda me importa el trabajo ahorita, viejo pelado, no ves que tu hija me está humillando. Deberías preocuparte por tu trabajo, porque me han dicho que te van a jubilar antes de tiempo, por vago”.
Obvio que a ti te provoca responderle “qué mierda me importa el trabajo ahorita, viejo pelado, no ves que tu hija me está humillando. Deberías preocuparte por tu trabajo, porque me han dicho que te van a jubilar antes de tiempo, por vago”.
Sin embargo, no pierdes la calma y educadamente dices: “todo bien señor, gracias”.
Vuelves a intentar oír los murmullos de tu novia, a ver si alguno te revela cierta información útil, algo que te permita aplacar tus dudas que tormentosas crecen. Escuchas que se ríe, y lo peor es que lo hace con esa risita de niña coqueta que hace tiempo no le escuchabas. A lo lejos sientes que está a punto de decirle a su interlocutor algo clave, y entonces, como si el destino estuviera en contra tuya (para variar), la mamá interviene para malograrte el espionaje.
“¿Está rico el almuerzo? ¿Qué tal me quedó?”.
Mentalmente
mandas a tu suegra por un tubo y aguantas el comentario que por poco se te sale
de la garganta: “bruja del diablo, justo estaba a punto de escuchar algo
decisivo, y me sales con el almuerzo. ¿Cómo va a estar pues? ¡Horrible, como
todo lo que cocinas! Nunca he probado algo tan desabrido y vomitivo. Deberían
denunciarte por envenenamiento”.
Claro que no dices eso. Te aguantas, improvisas una media sonrisa y respondes: “mmm, está riquísimo, suegrita, ni mi mamá cocina así”.
Claro que no dices eso. Te aguantas, improvisas una media sonrisa y respondes: “mmm, está riquísimo, suegrita, ni mi mamá cocina así”.
Finalmente,
cuando oyes que tu chica está diciéndole a su supuesto amante: “mostro, nos
vemos mañana en…”, justo ahí, el hermanito de 12 años pregunta: “¿Oye, jugaste
el nuevo pes13?”
Lo miras con
ojos de criminal y en silencio le dedicas una maldición: “¡cállate, bastardo! Anda
a jalarte la tripa en vez de estar preguntando sonseras”.
Luego, para no
levantar sospechas, absuelves la duda del niño con un comentario de lo más
fresa: “Sí, pero aún no encuentro el modo “Comunidad”
(9) Crees que tu chica te engaña con otro cuando empieza mencionar un nombre masculino que jamás le habías escuchado pronunciar. “No sabes lo lindo que escribe Pedro Pablo”, “Ay, claro, ese reloj es igualito al que tiene Pedro Pablo”, “Qué gracioso, lo mismo dice Pedro Pablo”, “No sabes cómo me he reído hoy con Pedro Pablo”. Día y noche habla de este nuevo personaje del trabajo o la universidad, este tipo que inmediatamente te provoca las intrigas más tenaces. Con todo derecho, una tarde le preguntas quién fuck es este Pedro Pablo, de qué pueblo vino. Ella te tranquiliza diciendo: “ay, amor, es un chico de la chamba, no te preocupes, y sale con una chica de la oficina”. Sí, claro, cómo no. Lo que no te precisa es que esa “chica de la oficina” es ella.
(10) Finalmente, intuyes que eres un cornudo cuando tu enamorada incrementa sus visitas a la casa de esa amiga latosa, insidiosa, que nunca te cayó bien, que te tiene ojeriza, y que bien podría ser la perfecta alcahueta del romance ilícito en el que presagias que tu novia está envuelta.
Esa amiga que,
encima, es una abre fácil consagrada, una ruca de aquellas, conocida en toda la
ciudad por su vida libertina. Esa amiga que no tendría ningún escrúpulo en
lavarle el cerebro a tu flaca, fomentando que te sea infiel y que no sienta
culpa por eso.
“Uy, el viernes no puedo ir al cine contigo, amor, he quedado con Sofi para hacer previos en su casa y luego salir a bailar. Es noche de mujeres solas”. Tú aceptas la excusa como si no te importara, como si la creyeras, pero en el fondo, ahí donde se cuecen los prejuicios, ahí donde anida el recelo, algo te dice que muy solas esas mujeres no van a estar.
(…)
De todas esas
cosas hablamos Carlos y yo la otra noche. Estuvimos charlando durante horas.
Las cervezas se acabaron demasiado temprano y él ya tuvo que regresar a su
casa. Creo que mis comentarios, lejos de tranquilizarlo, lo pusieron más
nervioso.
–¿Tú perdonarías una infidelidad?, me preguntó
–La verdad: no creo
–¿Por qué?
–Mira, hace
poco leí una entrevista que le hicieron a Susy Diaz. La mayoría de sus
respuestas eran predecibles y aburridas, pero la última contenía un gramo de
sabiduría femenina.
–Qué le
preguntaron?
–¿qué le
dirías a un hombre cuya mujer le ha sido infiel?
–¿Y? ¿Qué dijo
la tía Chuchy?,
–Ella
respondió: “le diría que se olvide de ella, porque cuando una mujer le saca la
vuelta a un hombre es porque lo dejó de querer y por tanto, lo va a abandonar”.
No he visto a Carlos desde esa noche, hace casi 3 meses. Ojalá que sus sospechas no hayan sido ciertas, pero de serlas, Carlitos, si estás leyendo esto, espero que tengas los huevos para mandarla por un tubo y salir volando de ahí.
Ya saben que
algo como esto es algo que … ALGUIEN TIENE QUE DECIRLO.
No hay comentarios:
Publicar un comentario